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Adéu mascareta!

Mi padre era serigrafista, tenía un taller en la parte trasera de mi casa lo suficientemente grande para que quepan dos máquinas industriales y una manual. Quien conoce el oficio, sabe que uno de los pasos esenciales de la serigrafía es la emulsión del shablon para que la imagen quede fijada y luego poder realizar los diseños.

Mi mayor recuerdo es observar de lejos mientras realizaba el procedimiento a oscuras con la luz roja y ‘disfrazado’ con una mascarilla blanca, que le cubría la nariz y la boca para no inhalar los productos químicos.

Hace dos años, tuve que disfrazarme como él, pero no para emulsionar sino para ir al supermercado, para beber una caña en algún bar, ir al hospital, caminar por la calle, viajar… en fin, para vivir.

Las hubo de todos los colores, con todas las telas. Hechas a mano por nuestras madres o abuelas.
Las profesionales y las capitalistas.

Hubo carencias y desesperación por ellas.

Hubo tensión en las calles y en los buses cada vez que la vecina de turno estaba bien despierta para delatar a quien no cumpliera con la ley.
Aprendimos el lenguaje de las miradas.

Hubo peleas, brechas y distanciamientos.

Hubo quienes las han respetado a rajatabla y a los que, sin querer queriendo, se les olvidaba.

De todos los tamaños; colgadas de las muñecas o alrededor de nuestros cuellos como accesorios; arrugadas en el fondo del bolso o junto a las llaves de casa.

Son, al día de hoy, la decoración de nuestras calles con un destino final: el fondo del mar.

Lo que parecía tener incertidumbre ha llegado, por ahora, a su final. En menos de una semana pasarán a ser parte de una aventura mundial sin precedentes, donde nadie ha podido quedar exento.

Ya tendremos otra cosa por la cual quejarnos; otro agobio que estará a la moda.
Mientras tanto, disfrutemos de vernos enteros y sin condiciones.

Adéu mascareta!

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