Fuego, música y memoria colectiva: la fiesta que mejor explica quiénes somos como ciudad.
Palma, 20 de enero de 2026. Sant Sebastià, patrón de Palma, es mucho más que una celebración religiosa o un evento marcado en el calendario. Es una expresión profunda de identidad colectiva, una fiesta que transforma la ciudad y la devuelve, por unas horas, a su estado más esencial: la calle como punto de encuentro, el fuego como lenguaje y la música como vínculo común. Sant Sebastià no se contempla, se vive. Se comparte alrededor de un fogueró, se canta en una plaza y se recuerda como una experiencia que atraviesa generaciones.
La figura de Sant Sebastià hunde sus raíces en la historia antigua. Mártir cristiano del siglo III, fue adoptado como patrón de Palma en el siglo XVII, en un contexto marcado por epidemias y miedo colectivo, cuando la devoción al santo se convirtió en símbolo de protección. Con el paso del tiempo, su figura trascendió el ámbito estrictamente religioso para consolidarse como un referente cívico y cultural, capaz de unir a creyentes y no creyentes bajo una misma celebración. Sant Sebastià es hoy tradición, memoria y ciudad.
La Revetla de Sant Sebastià, la noche del 19 al 20 de enero, es el gran ritual popular. Palma se convierte en un entramado de foguerons, escenarios y plazas abiertas donde la música lo invade todo. Alrededor del fuego se asan sobrassades y botifarrons, se brinda con vino o herbes y se conversa con desconocidos que, durante unas horas, dejan de serlo. Los foguerons no son solo hogueras: son espacios de convivencia donde la ciudad se hace pequeña y cercana, donde el barrio y el centro se mezclan sin jerarquías.

La música es otro de los grandes ejes de la fiesta. Grandes conciertos institucionales conviven con propuestas locales, bandas emergentes, DJs y estilos que van del rock a la electrónica, pasando por la música tradicional. Esta diversidad, a veces caótica y siempre viva, define el espíritu de Sant Sebastià: una Palma plural, abierta y cambiante, que se reconoce en su mezcla.
El fuego, presente también en el correfoc y en la presencia de dimonis y bestiari, conecta la fiesta con un imaginario ancestral profundamente mediterráneo. Aquí el fuego no destruye, purifica. No asusta, despierta. Correr bajo las chispas es una forma de catarsis colectiva, un diálogo entre miedo y celebración que remite a rituales antiguos. El demonio no es enemigo, sino compañero de danza, símbolo de lo instintivo y lo salvaje que también forma parte de la ciudad.
El día 20 de enero, festividad del patrón, Palma amanece con otro pulso. La celebración adopta un tono más solemne y reflexivo, con actos institucionales, celebraciones religiosas y reconocimientos culturales como los Premis Ciutat de Palma. Es el momento de subrayar que Sant Sebastià es también creación artística, pensamiento y cultura, y que la fiesta pertenece tanto a la plaza como al salón de plenos.
Sant Sebastià no es una tradición inmóvil. Ha evolucionado con la ciudad, incorporando nuevos lenguajes musicales, revisando su impacto ambiental y adaptándose a contextos sociales complejos. Incluso en años marcados por la dificultad o el luto, la fiesta ha sabido transformarse sin perder su esencia, demostrando que no es solo un evento, sino un estado emocional compartido.

Al final, Sant Sebastià no se explica con un programa ni con un cartel. Se explica con recuerdos: la primera hoguera, una canción cantada a coro, una conversación improvisada junto al fuego o el olor a humo que acompaña al amanecer. Sant Sebastià es la noche en que Palma se reconoce a sí misma, se mira de frente y se reafirma como comunidad. Pase lo que pase, la ciudad volverá a encenderse.



