Verònica y Tomeu Fiol recuperan en Palma, Ciutat de Cinemes la memoria de más de un siglo de salas que marcaron la vida social, cultural y emocional de la ciudad
Palma, 16 de febrero de 2026. La historia del cine en Palma no es solo la historia de edificios, proyectores o estrenos multitudinarios. Es la historia de una ciudad que aprendió a emocionarse en la oscuridad, que hizo cola bajo carteles gigantes pintados a mano y que convirtió cada barrio en un pequeño templo de sueños compartidos. Esa memoria colectiva es la que rescatan Verònica y Tomeu Fiol en Palma, Ciutat de Cinemes, un libro editado por el Ajuntament de Palma que nace del deseo de preservar lo que fue y de recordar que, no hace tanto, Palma era una de las ciudades con más cines de España. Entrevistamos a los hermanos Fiol, ambos grandes conocedores de estos espacios emblemáticos de Palma. Verónica es historiadora y creadora del espacio de visibilidad femenino: Instagram (Històriques de Mallorca) y Tomeu es fotógrafo, divulgador y creador del blog Turisme Petit Turisme Petit. Turismo familiar por Mallorca – Viajar en familia.
Este volumen escrito se complementa con la exposición del mismo nombre que ha sido impulsada por el Consell de Mallorca y el Arxiu del So i la Imatge, y que está instalada en la capilla y la primera planta del centro cultural de la La Misericòrdia, que podrá visitarse del 6 de febrero al 11 de abril de 2026 de lunes a sábado y de 10 a 20 horas. La muestra, inaugurada oficialmente el 6 de febrero a las 19 h, propone un recorrido inmersivo por la historia de los cines de la ciudad e incorpora piezas emblemáticas como los cinco carteles originales de la fachada del desaparecido Multicines Metropolitan, proyectores antiguos, programas de mano y abundante material del cartelista Rafael Ruiz, además de la proyección del documental El somni efímer, de Toni Bestard. El diseño expositivo ha sido realizado por Àngel Luque y la coordinación general ha corrido a cargo de Xisco Bonnín, responsable del Arxiu. La publicación del libro ha contado además con la colaboración del Ajuntament de Palma.

Foto de Tony Carbonell
“El libro es un intento de preservar la memoria de todos los cines que hubo en la ciudad”, explican. Y subrayan que no querían limitarse a los grandes cines de estreno del casco antiguo, aquellos nombres que aún resuenan en la memoria colectiva, sino también a “todos aquellos cines de barrio que despiertan más sentimientos y más nostalgia”. La idea surgió de una mezcla de recuerdos personales y mirada histórica: Tomeu rememora aquellos carteles gigantes de Rafael Ruiz que anunciaban las películas como auténticas obras de arte en la fachada, mientras que Verònica, historiadora, aportaba el rigor documental. De esa unión nació un libro que recorre desde la primera proyección en Palma en 1897 hasta la máxima actualidad de 2025. “En breve quedará obsoleto”, bromean, “porque seguro que cerrará o se abrirá otro cine. Habrá que hacer una segunda edición”.
Si tuvieran que elegir salas emblemáticas, mencionan el Augusta y el Rivoli, por haber resistido crisis y transformaciones, pero también el Born, concebido como un cine de lujo, o el Moderno de Santa Eulàlia, que permanece vivo en la memoria de muchos palmesanos. Y, cómo no, el Lumier, su cine de barrio, aquel donde podían bajar un par de calles sin quedar con nadie y sumergirse en la magia de una película. Allí vieron desde E.T. hasta La última tentación de Cristo. “Era un lujo tener el cine tan cerca”, recuerdan, evocando una Palma en la que el cine formaba parte natural de la vida cotidiana.
Entre los hallazgos más fascinantes de la investigación aparece la figura del ciclista que transportaba los rollos de película entre salas que estrenaban el mismo día. Cuando se acababa un rollo en un cine, debía salir pedaleando hasta el siguiente. A veces incluso tres veces en una misma jornada. Si se retrasaba —porque se perdía o se tomaba un café—, el público debía esperar en la oscuridad hasta que llegara la siguiente bobina. “Nos parecía algo totalmente surrealista”, confiesan, pero así funcionaba aquel engranaje casi artesanal del espectáculo. También destacan la anécdota del cartelista Rafael Ruiz, que tras la gala de los Óscar debía subirse a una escalera para pintar, a mano, las estatuillas ganadas por una película aún en cartel.

Foto de Tony Carbonell
La relación de Palma con el cine ha cambiado radicalmente. No solo en la forma de consumo, sino en su dimensión espacial y social. Se pasó de proyectar películas en teatros a construir grandes salas, luego a expandirlas por los barrios, hasta que desaparecieron del centro y se trasladaron al extrarradio y a los centros comerciales. “El cine ya es una oferta más dentro de un espacio donde se va a consumir”, reflexionan. Antes, el cine era uno de los pocos entretenimientos disponibles; hoy compite con plataformas digitales que estrenan simultáneamente o incluso antes que las salas. Aunque fenómenos como Barbie u Oppenheimer demuestran que el cine en pantalla grande sigue teniendo fuerza, reconocen que el consumo se ha vuelto más rápido, más industrial, menos ritual.
El libro no se limita a las salas cerradas. Recupera también los cines al aire libre de principios del siglo XX, como el Cine Olimpia, que ocupaba toda una manzana donde hoy se encuentra la Clínica Rotger, o las estructuras efímeras de madera y lona instaladas en lugares como el Hort del Rei o la Puerta de Sant Antoni. Incluso la Misericòrdia albergó proyecciones para las personas asiladas. La investigación les llevó a encontrar planos originales, fotografías inéditas y joyas documentales, como la imagen de la fachada anunciando el estreno de Operación Trueno en la sala Born junto al anuncio de prensa correspondiente. “Fue un momento mágico”, reconocen, cuando todas las piezas encajaron.
Pero el proyecto tiene también una dimensión crítica. Muchos cines cerrados se han convertido en bancos o tiendas de moda, y en la mayoría de casos no se ha respetado el patrimonio arquitectónico ni simbólico. “Nos gustaría que hubiera al menos un guiño que recordara que allí hubo un cine”, dicen. Celebran intervenciones que sí han conservado elementos originales, como la reforma del Doré, y confían en que fachadas como la del Teatro Bingo Balear o la Protectora se preserven como testimonio de ese pasado cinematográfico que dio identidad a la ciudad.
Más allá de la nostalgia, Palma, Ciutat de Cinemes aspira a despertar conciencia patrimonial. “Tengas la edad que tengas, el libro te va a provocar algo”, aseguran. A los más jóvenes les sorprenderá saber que hubo un cine en cada barrio; a quienes vivieron aquellos años les devolverá el eco de las colas, los estrenos y los carteles iluminando la noche. Y a todos les recordará que Palma fue, durante décadas, una ciudad que podía presumir de su red de salas, una ciudad que soñaba colectivamente en la oscuridad y que convirtió el cine en parte esencial de su identidad cultural.



